lunes, 19 de mayo de 2014

Fragmento XV La llegada de los Temuranos al Gran Valle de Vilcabamba de la novela "Las Ventanas del Mundo"


CONTINUACIÓN DEL FRAGMENTO XIV
EL PRIMER ENCUENTRO CON LOS TEMURANOS

... me sentía altamente complacida de hablarles de nosotros y
de nuestra ciudad, percibiendo tímidamente el acercamiento de
Urus. Cada vez que yo hablaba, Urus me escuchaba muy atentamente,
sin parpadear, registrando cada una de mis palabras,
observando mis gestos, mis movimientos, y eso hacía que me
sintiese bien, muy bien; había momentos en los que me parecía
estar solos él y yo, envueltos por una orbe de enigmática luz, olvidándome
y obviando al resto de los que nos acompañaban.
Mientras acompañaba a Urus, Gara y Jonay permanecían
con los más ancianos de la ciudad, quienes les explicaban el
significado de cada uno de los siete anillos, de la fuerza que
ejercían las piedras que cubrían los caminos sobre los que allí
habitábamos, de los efectos de otros astros sobre el estado anímico,
y la variación de la vitalidad, de la capacidad intelectual
y de la sensibilidad que se podía sufrir si no se estaba suficientemente
preparado.
Les hablaron de la influencia que causaba sobre el pensamiento
el sonido que producían las drusas
 al ser golpeadas
por el agua de los ríos que circunvalaban los siete anillos, de
los destellos de las piedras cristalinas al absorber la luz del sol
restableciendo los propios recursos de sanación del ser humano,
tanto a nivel físico como mental, emocional y espiritual, y
de la práctica del control de los pensamientos y la preparación
para recibir la sincronización de nuestro ADN con las Energías
del Centro de la Creación.
La Tierra nos había dado unos años de tregua y los Temuranos
ya habían olvidado cómo los Toekom habíamos conseguido
crear de la nada una nueva civilización.
Tan solo una exigua minoría de individuos habíamos alcanzado
un alto nivel, habíamos utilizado el conocimiento del
pasado como un acervo de experiencias obteniendo como resultado
un claro e inmutable conocimiento superior.
Fuimos muchos los que iniciamos un nuevo sistema de
vida creando pequeñas ciudades en zonas inhóspitas de distintos
países con una misma filosofía: amar la naturaleza como
una prolongación de nuestro cuerpo.
La Madre Naturaleza nos dio a los Toekom una oportunidad
para vivir en increíbles lugares donde se había mantenido
(el aire puro. Eran como pequeños agujeros que el espacio cedió
a la Tierra y donde se nos permitió crear verdaderos paraísos
en zonas desérticas; pusimos tierra donde no dejaba de brotar
el agua y proporcionamos luz donde la oscuridad era casi
perpetua. Nuestro mayor potencial era la mente, aportando cada
uno de nosotros pequeños y sabios conocimientos, verdaderas
joyas difíciles de expoliarnos.
Teníamos dones naturales que habíamos ido desarrollando
y éramos inmunes a muchas enfermedades que los Temuranos
padecían. Los Toekom éramos una única y nueva raza humana
verdaderamente fuerte tanto física como mentalmente.
Conseguimos huir de todo aquello por lo que los Temuranos
habían seguido luchando, de ese bienestar superficial que durante
siglos persiguieron y del deseo desmesurado de poder; precisamente
quisieron mantenerse alejados de todos los desencadenantes
que fueron originando aquellas continuas catástrofes.
Lo único que deseábamos los Toekom era la paz, desarrollar
nuestro espíritu y simplemente vivir, despertar y disfrutar
de la luz del sol, oler las mañanas, los atardeceres y el anochecer;
nos habíamos despojado de todo lo superfluo cuidando los
unos de los otros y no teníamos miedo a la muerte porque sabíamos
que era un simple trámite, un paso más para ir avanzando
hacia un estado de perfección.
Estos enfoques tan distintos derivaron en dos civilizaciones
dentro del mismo planeta, pero con un mismo objetivo: la
supervivencia.



Los días se fueron sucediendo y la fecha de su marcha se
avecinaba; les quedaba solo un día y se les veía muy felices conviviendo
con nosotros, nada podría sustituirles nuestra entrañable
cercanía. Habían cambiado sus trajes especiales de aislamiento metálicos
compuestos de cobre, oro y silíceo y su calzado
grueso de un material elástico y flexible por las prendas suaves
y ligeras que les habíamos prestado, y no necesitaban más.
Gara y Jonay reían constantemente, se sentían libres, respirando
la paz en el ambiente y la espontaneidad y sencillez
de nuestras gentes, quienes les contaban su día a día a través de
pequeños y sorprendentes relatos llenos de sabiduría.
Las cosas más sencillas, como dar un paseo por los senderos
junto a los maduros cenotes sagrados o simplemente
sentarse frente a una cascada y permanecer frente a ella silenciosamente
escuchando el sonido de sus aguas, lo percibían
como un verdadero regalo.
Eran las ocho de la tarde y quedaban pocas horas para que
Urus, Gara y Jonay volviesen de nuevo a su ciudad; los días habían
transcurrido en plena concordia y con la rapidez de un soplo
de viento. Si no hubiese sido por su clara tez, hubieran podido
pasar casi desapercibidos, como si fuesen ciudadanos Toekom.
Anduvieron mezclándose con nuestra gente y pudieron comprobar
por sí mismos que éramos un grupo autárquico y pacifico.
El Sol iba solemnemente ocultándose tras las suaves colinas
que rodeaban el valle, abriéndole paso a la noche;

 el dulce cántico
de los niños llegaba a nuestros oídos como una suave melodía
que te invitaba a bailar; las flores, algunas perezosas, iban cerrando
sus pétalos despidiéndose de nosotros ofreciéndonos su último
aliento perfumado, mientras otras los desplegaban alegremente
brindándonos su aroma a la vez que saludaban a la Luna.

Era el momento, un gran silencio lleno de palabras no dichas,
junto a la cálida brisa de la noche, nos guiaba a encontrarnos
con el hombre más anciano de la ciudad.
Un Toekom vestido con una larga túnica blanca y de avanzada
edad, cuya serenidad en el rostro y profunda mirada parecía


adivinar lo más íntimo de cada uno de nosotros, nos iba
saludando moviendo lenta y suavemente su mano. Sus movimientos
nos dirigían a todos al lado del gran árbol milenario.
Como en un gran ritual, encendió el fuego del adiós con cuatro
troncos orientados a los cuatro puntos cardinales representando
el presente y el futuro; los cuatro troncos, antes de extinguirse,
nos revelarían nuestro destino, pero a pesar de ello,
siempre existía la elección para seguir un camino u otro.
El momento de la despedida había llegado. Allí, al lado de
nuestro gran árbol Tiféret, bajo el azul añil que el cielo nos brindaba,
salpicado por las orgullosas estrellas con su radiante esplendor,
nos quedamos durante horas saboreando la noche llena
de magia y misterio.
Fue algo, una vez más, sorprendente para ellos y natural
para nosotros; sentados todo el grupo frente a uno de los domus
circulares que habitábamos, compartimos la esencia de los
últimos minutos que nos brindaba la noche, acompañados del
tímido chisporroteo del rescoldo que habían dejado las últimas 
llamas y que aún se resistían a perder su luz.

(Continuará,  ver Fragmento XVI)


María del Carmen Aranda es articulista en la revista:

http://www.youtube.com/watch?v=vxaA8mnOroM


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OTROS LINKS DE INTERES:

Del libro "LA 5ª CLAVE"
Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolor. La grandeza de un hombre no se mide por lo que tiene, sino por la valentía que ha ido demostrando en su camino, cada vez que un tropiezo le hizo caer y volvió a levantarse.


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