miércoles, 20 de noviembre de 2013

FRAGMENTO I, ASÍ EMPECE A ESCRIBIR " LAS VENTANAS DEL MUNDO"

PABLO PICASSO DIJO: 

"Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando"y así empecé a escribir mi novela "Las Ventanas del Mundo", dibujando en mi mente imágenes plasmadas sobre el papel mediante la escritura. 

Me encontraba sola en casa, estaba agotada y sentía frío, me quede sin saber porque, sentada e inmóvil, escuchando el silencio y haciendo una especie de recuento mental de lo que había sido el día; era una tarde gris y mil pensamientos venían a mi mente sin poder pensar con claridad; de repente me vi reflejada en un cristal como si no fuese yo, me veía desdoblada en otra mujer confundida ante un futuro nada halagüeño; todo un planeta insignificante dentro de un gran Universo que vivía frenético y ciego por conseguir el poder y manipular la información.


LAS PROFUNDIDADES DE NUESTRO INTERIOR

Hay pocas cosas en la naturaleza que sobrecojan tanto como el mar, seguramente porque su inmensidad deja pocas cosas para ver en su superficie y son sus profundidades lo que nos atemorizan ya que albergan todavía secretos inconfesables.

Cuando lo miramos nos  damos cuenta de lo insignificantes que somos los humanos en este mundo. A pesar de todo, son sus profundidades, donde la luz ya no penetra, lo que nos atrae y seduce a la vez que nos asusta. La típica ambivalencia del ser humano.

En esas profundidades, si no existieran seres extraños y desconocidos a nuestros ojos, la mente humana los inventaría, creando verdaderos monstruos emergiendo de lo más profundo de nuestro interior para sembrar en el mundo el terror y la muerte, monstruos creados como respuesta a nuestra avaricia, egoísmo, prepotencia e impotencia  ante la Madre Naturaleza, que calla y sufre en silencio tan inteligentemente, que nos hace bailar al son de su música golpeando con su batuta el facistol de la tierra y levantando su mano de vez en cuando, para advertirnos que será implacable si nos mantenemos caprichosos e intolerantes, no aceptando nuestras limitaciones, las cuales el hombre ha experimentado durante milenios demostrando temor y espanto ante la grandiosidad de las montañas, la inmensidad de los océanos, la frondosidad de los bosques, la desolación de los desiertos o ferocidad de los volcanes.

Hostiles lugares que evocan la muerte, humillándonos con su amplitud y grandiosidad y amenazándonos con su poder; no somos dioses, simplemente somos pequeñas piezas de un gran engranaje, donde cada una de ellas tiene una función vital dependiendo de la otra pieza que tiene a su lado, pero aún así florecemos inocentemente necios pensando que dirigimos los hilos de nuestros movimientos.

 Dicen que prolifera un síndrome que se caracteriza por una necesidad de escapar de la realidad que nos envuelve, y eso nos hace dirigir la mente hacia lo más oculto, hacia lo más lejano, en busca de lo más inaccesible y muchas veces de lo más despreciable... (Continuará, ver Fragmento II)

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