sábado, 14 de diciembre de 2013

FRAGMENTO V "EL ZOMBI LLAMADO PROTOCOLO DE KIOTO" del libro "LAS VENTANAS DEL MUNDO"

"Los azotes físicos y las calamidades de la naturaleza humana hicieron necesaria la sociedad. La sociedad se agregó a los desastres de la naturaleza. Los inconvenientes de la sociedad hicieron necesario al Gobierno, y el Gobierno se agregó a los desastres" Chamfort (Nicolás Sebastien Roch)

FRAGMENTO V

"EL ZOMBI LLAMADO PROTOCOLO DE KIOTO" 



....poco a poco iban apareciendo más y más extensiones invadidas por el plástico, así como tampoco se hablaba de otras vergüenzas, como las apariciones de las ciudades vertedero.


El barrio de Agbogbloshie, en Ghana, era uno de ellos, donde el viejo río Densu que lo atravesaba y que antaño fuera fuente de riqueza, serpenteaba entre la inmundicia destilando muerte debido a los vertidos contaminantes que recibía, depósito de millares de toneladas de basura electrónica procedente de Europa y Norteamérica.
                
Ya no se sabía dónde mirar. Pasábamos de la sequía más absoluta en el llamado Cuerno de África, donde millones de personas morían de hambre, a las desbordadas inundaciones en el centro de China; la presa de Las Tres Gargantas(4) ahogaba a China y el río Yangtsé era su mayor protagonista, barriendo todo lo que encontraba en sus orillas haciéndolo desaparecer bajo sus aguas.

Nueva York, Sumatra, Anchorage, Londres, Tucson; ciudades altamente amenazadas ante este clima esquizofrénico de deshielos y erupciones solares, se resquebrajaban en cientos de kilómetros cuadrados.

(4) La mega-presa de “Las Tres Gargantas”, la mayor presa del mundo cuya construcción ha implicado la desaparición de casi veinte ciudades.

Los tsunamis sucedían a los terremotos. La tierra temblaba tanto que parecía deshacerse, disipándose en el vacío, y allí seguíamos sintiéndonos absolutamente indefensos.

¿Qué se podía hacer? De nuevo volvía la impotencia de los más atrevidos y quienes se sentían incapaces de decir la verdad, manipulados y dirigidos, se quedaban bloqueados ante las constantes amenazas de las grandes potencias mundiales; lo único que pudieron conseguir fueron reuniones interminables sin soluciones inmediatas, como el zombi llamado Protocolo de Kioto, décadas conocidas como la pérdida en la lucha del cambio climático cuyo resultado eran promesas en lugar de compromisos.

Mientras la naturaleza seguía su libre albedrío, mi vieja y querida Europa era uno de esos cinco continentes que agonizaba, sin faltar las erupciones volcánicas.

Era como si la Tierra quisiera vomitar todo el mal que le estábamos causando lanzando a través de su gran boca cenizas ardientes al aire, cubriendo cientos de ciudades y pueblos. No existía cielo ni tierra, solo polvo, un polvo gris que al penetrar en tus pulmones te dejaba paralizado, apenas sin respiración.

¿Era acaso un castigo?

La naturaleza se había vuelto implacable y despiadada, andábamos tan perdidos... ¿Qué buscábamos realmente? Por qué no se tomó una unánime y firme decisión para salvarnos?
Entre tanto desastre, la vida continuaba a duras penas; nos negábamos a ver la realidad, nos negábamos a ver la amenaza constante de la naturaleza sobre el ser humano, simplemente había una resignación egoísta a lo evidente; como si nada estuviese ocurriendo, se cubría con un tupido velo el día al caer la noche.

¿Cómo empezó todo?
Un día más, me veía sentada ahí, mirando hacia ningún sitio.
Una habitación aparentemente acogedora donde el frío y la soledad se respiraban en cada pequeña y diminuta grieta, en cada poro de esa aparente lisa pared donde parecía resbalar todo, donde el frío helaba hasta el corazón más ardiente.

Una desgastada silla de madera en la habitación, algo desplazada de mi mesa de estudio, me mostraba el paso del tiempo; ese tiempo silencioso que no se ve, no se huele y no se oye, pero que va dejando su huella día tras día sin piedad para nadie, inconmovible e imperturbable, devorando cada milímetro de nuestra piel.

Era una simple habitación cuyos recuerdos se agolpaban amontonados y confusos en cada espacio respirable, como jóvenes jenízaros en la noche.

Acababa de llegar a casa después de un largo día. Yo era la gran ejecutiva, la gran doctora, la mujer perfecta, tenía a mi alcance todo por lo que luché durante ese tiempo en el que pasé hablándole a la soledad en lugar de vivir y amar.

Sin saber cómo ni por qué, me senté en esa vieja silla de madera, mirando sin ver a través de la única ventana que tenía la habitación, una ventana que separaba mi mundo y el resto del mundo; solté mi bolso como si fuese mi propio cuerpo desplomándose.
Sentada con la piernas entreabiertas y los brazos caídos, miré a través de la ventana sintiendo la calidez de ese otro mundo acariciándome tímidamente, percibiendo un dulce calor que me hacía estremecer de un placer del cual no quería desprenderme.

Una repentina luz causada por los faros de un solitario coche hizo que mi cara y mi cuerpo se viesen reflejados en aquella ventana y, allí sentada, me vi pálida como si de una estatua de mármol se tratase.

Por mi aspecto frío y tétrico, me vi débil y cansada, una verdadera estatua a la que simplemente la vida no llegaba, donde mi cuerpo exteriormente inmóvil vibraba solo internamente, quedándose bloqueado e inerte en esa silla de madera que tantas tardes y noches aguantó el peso de mi silencio y soledad.
Mimirada permanecía perdida en una lejanía cercana y ausente de una vida pasada, sin esperanza de una vida futura. Allí, sentada al lado de mi ventana, había llegado la noche y el frío empezaba a reflejarse en el soberbio cristal de mi habitación.

Ni un parpadeo, ni un gesto o mueca que pudiese dar un toque dulce a mi cara occisa, solo oía el silencio recorriendo mi sien de lado a lado, un silencio que ahondaba toda la habitación adormeciendo mi mente y transportándome a otros espacios.

De repente, el sonido de mi respiración me hizo despertar, estertores de la muerte me hacían volver de un largo viaje donde... (Continuará, ver Fragmento VI)

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